"SOMOS ENANOS EN HOMBROS DE GIGANTES" (Bernardo de Chartres - S. XII)

miércoles, 18 de noviembre de 2020

Dos textos de Cindy Santiz Gamarra

Esta semana quiero compartir dos textos de la escritora  Cindy Santiz Gamarra a quien conocí por ser  coautora en un libro que nos publicó Fallidos Editores llamado Sumergirse  con motivo de los cinco años de la editorial.  

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PERFECCIÓN


Convertida en la nada, en el espacio vacío, en donde todas las formas geométricas existen, aquí mi yo deja de ser y solo hay una nada incorpórea.

Siempre logro, no sé cómo, escapar de la Muerte, las aguas tormentosas que tratan de ahogarme no lo han conseguido, camino encima de ellas, encima del mal que me acecha. Voy caminando en paz.

Como ya me cansé de ver espejismos, ahora  he decidido andar sólo con mi sombra. Me he ido quedando en este rincón, viendo cómo cae la lluvia y sale el sol, busco el calor cuando tengo frío y se abre en llamas mi interior.

A veces me congela el miedo que juega en contra o a favor, en contra de la Muerte y a favor de la Vida. Me he ido quedando en este rincón, con lo llorado, lo sufrido, con la nada.

Me sé viva, tengo conciencia de ello, soy de carne y hueso. Aquí, ahora, cierro mis ojos y floto, los abro y camino, no puedo escapar de mi destino, vivo, como no puedo huir relajo 
mi cuerpo, mi alma, mi espíritu, todo aquí, en mí, me parece el paraíso, con luminosos manantiales, colores verdes, amarillos, rojos, azules, todo el arcoíris. 

Sí, éste es mi destino:  fluir libre hacia la perfección.


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EN EL PASADO HUBO, EL PRESENTE DICE QUE FUE UN SUEÑO


“Un escritor puede escribir lo que le dé la gana

siempre que sea capaz de hacerlo creer”.

Gabriel García Márquez



-Papá Elías, nosotros no queremos que nos coma el tigre, ma­ñana no vamos para la finca.


-Ese tigre no hace nada, si no lo molestamos.


Al día siguiente estaban ensillados los tres mulos, el de Erotida, el de José y el de su papá, Elías Gamarra, cada mulo lle­vaba pimpinas vacías que debían traer al día siguiente llenos de la leche con la que hacía el queso, la que vendía y la que se tomaban en la casa.


En el camino tenía que pasar por varias hectáreas de tie­rras, cuyos dueños eran acaudaladas familias del pueblo. Los Turizo, quienes eran los que tenían el monopolio del mercado de la leche, y la doña de la casa, Rita, se encargaba personal­mente de vender cada litro, pero no permitía que la gente del pueblo la tocara, y menos si llegaban del puerto con olor a pes­cado, por eso tenían un mozo que recogía las jarras, se las llevaba, ella despachaba y él las regresaba a sus respectivos dueños. Cuando quedaron sin nada, doña Rita entró en tal desespero, que enfermó, su cuerpo fue consumido por los gusanos estando viva. Unos nietos de Elías la bañaban y la limpiaban por cari­dad, porque nadie se le quería acercar, hasta que murió mientras un líquido putrefacto salía de entre sus piernas; los Benavidez, que tenían la mejor Toyota de toda la región. Allá iban los nie­tos de Elías a lavarla para ganarse unos centavos y para disfrutar viendo la casona por dentro… pero eso sí, no se les permitía a los niños jugar con los hijos de los dueños. Cuando esos niños crecieron era tal el despilfarro, que en una noche de parranda vendieron todo y quedaron borrachos en una esquina. Al poco tiempo no murieron de hambre porque los Gamarra les daban de comer, pero de lo que sí murieron fue de cirrosis; Los Leyva, cuyas riquezas eran tan incontables como sus cabezas de gana­do, terminaron al final malvendiendo todo para quedar con una flota de busetas en las que terminaron por perder hasta el último centavo, porque los caminos, como todos los tiempos, están en mal estado y destruyen hasta los tanques de guerra. Luego los veían un día como ayudantes de busetas y agachaban la cabeza; los González, esos eran los que más empleados tenían: peones, jornaleros, capataces; tierras, ganado. En las fiestas del pueblo discutían con los demás pudientes cuántos días y cuántos toros iban a donar para que la gente se divirtiera, iban a la ciénaga con sus jornaleros, escogían 40 toros de los más bravos, los sol­taban al ruedo y ellos desde los palcos empezaban a tirar fajos de billetes para que los más arriesgados se atrevieran a torearlos de frente. Cada herido por los cuernos de los astados producía una placentera sonrisa en los hacendados. Su estirpe terminó vendiendo bolitas de leche por las calles para poder comer. Don Felipe, que todavía vivía, recordaba esos tiempos; enloqueció y caminaba las calles del pueblo pidiendo una monedita. Cuando los tres por fin llegaban a la finca, papá Elías empezaba a juntar la leña con la que en la noche hacía la fogata que mantenía alejado al tigre, pero había noches en las que los niños, Erotida y José, subidos en el zarzo lo escuchaban rugir, y lloraban rezando para que no se los comiera. Al día siguiente encontraban dos caballos o una vaca con las vísceras afuera, devoradas en su mayoría.


Regresaban con las pimpinas llenas de leche, por el mismo camino rodeado de fincas, cuyos dueños eran los ricos que creían que iban a tenerlo todo para siempre.


Años después, de los terrenos no quedaba ni uno solo que perteneciera a alguna persona de las familias originarias, todo fue quedando en manos de las gentes de guerra para terminar hasta hoy con otros dueños que ni conocen la historia de las tierras donde corría la leche como un río. ­

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Cindy Santiz Gamarra

Escritora, Comunicadora Social, con título de especialización en Educación, Cultura y Política. Con conocimientos en procesos de participación ciudadana, pedagogía para la democracia y análisis del contexto sociocultural y político. Experiencia en consultoría e investigación académica, redacción, gestión, planeación, formulación y ejecución de proyectos. Coordinadora local del Parlamento Internacional de Escritores, de Cartagena, Colomba. Participante mensual del periódico cultural "Amigos de la poesía y la literatura" de circulación en Narón, España. Su más reciente obra titulada "Aconitina" fue editada y publicada por la editorial Fallidos Editores, de Medellín, Colombia, con prólogo del poeta antioqueño Pedro Arturo Estrada y su portada- única en el mundo con la corriente cinética temática- fue hecha por el pintor español Francisco Pérez Alonso; en ella mezcla de manera inédita varios géneros literarios, como el género Narrativo(relatos), Lírico (prosa poética), Didáctico(ensayo).



Aconitina está disponible en las librerías de la editorial o contactando a su autora.

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